
La ahorcaron, apuñalaron, degollaron y atropellaron. No moría. La remataron con piedras en la cabeza y prendieron fuego a su cádaver, en medio del desierto. El botín fueron 20 lucas. Este es el crimen de Claudia Araya, uno de los asesinatos más sangrientos en la historia de Chile. Terror del de verdad.
Hace ya varios días que a Claudia Araya, una joven de 22 años, se le perdió el rastro. La última persona que la vio fue Janette Ardiles, su compañera de trabajo en la agencia de Polla Gol de Avenida O´Higgins, Calama. Claudia desapareció el 27 de octubre de 2001. De eso ya han pasado dos meses.
Durante este tiempo los rumores han proliferado por las calles de Calama. Algunos dicen que Claudia fue a Antofagasta a prostituirse. Otros que la vieron en el rio Loa secuestrada por unos hippies. Pero nada de eso resultó cierto. Es como si se la hubiese tragado la tierra.
Matando por 20 lucas
Pasadas las cuatro de la tarde del sábado 27 de octubre Janette Ardiles y Claudia Araya están en la agencia de Polla Gol pensando qué van hacer esa noche. A Janette le suena el celular. Es Roberto González, amigo de ambas, quien pregunta qué planes tienen.
-Estamos viendo todavía. Estamos pensando ir al parque El Loa o a otro lado.
-¿Por qué no vienen a la casa de mi mamá? Hace tiempo que no van.
Finalmente quedan de acuerdo en que Roberto pasará a buscar primero a Claudia al cierre de la sucursal a las 21:00 horas. Esto porque ella es la encargada de sacar el dinero, alrededor de 800 mil pesos, recaudado en el servicio de Sencillito, para después pasárselo a Janette, quien trabaja en otra sucursal cerca de ahí. Esta noche Claudia será el objetivo de dos hombres que quieren robarle ese dinero. Lo que no saben es que esa noche ese dinero va a quedar en el local.
A las 21:00 horas Claudia está terminando de cerrar la sucursal de Polla Gol. González la está esperando afuera en su taxi colectivo. Claudia se sube en el asiento del copiloto y parten en dirección al sur por la Avenida O´Higgins. Roberto gira hacia el poniente por calle Turi y toma Avenida Grecia. Como el taxi está todavía con la luz de servicio encendida, un hombre lo hace parar. Es Alejandro Rivas, quien le pide a Roberto que lo lleve hasta la discoteca Kamikaze ubicada en Avenida La Paz. Luego de cruzar la línea del tren, en dirección al camping Extracción, Rivas se coloca unos guantes de lana negra. Del bolsillo de su chaqueta saca un cable y se lo enrolla en ambas manos hasta dejarlo tenso. Sin que Claudia se dé cuenta, lo pasa por encima del apoyacabeza del asiento delantero y comienza a estrangularla. Sin saber lo que pasa, la joven se lleva las manos al cuello y gime: “¡Roberto, ayúdame!” Lo último que escucha Claudia, antes de perder el conocimiento es la voz de Roberto: “Quédate tranquila, aquí no puedo parar el auto”.
Claudia recobra el conocimiento. Roberto acaba de estacionar el auto en una explanada y apaga el motor. Están en las afueras de la ciudad, cerca de la quebrada del río Loa. Rivas sigue en el asiento trasero. Se baja, abre la puerta del copiloto y saca a Claudia tirándola al suelo. Roberto saca una cortaplumas y se la pasa a Rivas. Éste se agacha y empieza a apuñalar a Claudia, que yace boca arriba. Ella grita, pero Rivas no se detiene. La deja toda ensangrentada. Sin estar conforme con eso, Roberto toma una botella del suelo y la rompe en una piedra. Agarra a Claudia del pelo y la degüella.
Claudia queda tirada en la tierra, intentando seguir con vida, pero de su cuello abierto brotan grandes cantidades de sangre. Los dos sujetos la dejan ahí y se suben al auto. Roberto echa a andar el motor para volver a la ciudad, pero cuando el auto está dando la vuelta, los focos alumbran a Claudia, quien se ha levantado y está apoyada en una tubería de gas que hay en el lugar.
“Esta hueona sigue viva. Atropéllala nomás”, dice Rivas. Roberto acelera y atropella a Claudia. “Más atrás vi un colchón tirado, vamos a buscarlo”, le dice González a Rivas.
Luego de unos minutos, los dos sujetos vuelven con el colchón en el techo del taxi, mientras ven que Claudia increíblemente se ha logrado levantar y está aferrada a la tubería de gas, quejándose y completamente ensangrentada.
Aunque Claudia tiene el cuello cercenado, aún es capaz de pedir ayuda:“Roberto, ayúdame. Llévame a un hospital, mira como estoy” le suplica, pero Roberto no le responde y se limita a instalarla en el asiento del copiloto. Claudia se orina y moja el auto. Roberto se enfurece, la toma de un brazo y la lleva al colchón que está delante del auto. “Colócate aquí, te vas a sentir mejor”, le dice Roberto.
Durante un largo rato lo único que se escucha son los gritos de dolor de Claudia. Rivas y González agarran cada uno una piedra y comienzan a golpearla en la cabeza. Ella deja de gritar. Lo único que se oye es el sonido seco de las piedras contra el cráneo de Claudia. Después de unos minutos, los sujetos tiran las piedras. La joven está muerta, con el cráneo completamente destrozado.
González camina hacia el auto y saca del maletero un bidón con alcohol. Vuelve y comienza a rociar el cuerpo y el colchón. Enciende un fósforo y lo tira. En segundos todo arde. Se suben al auto y huyen. El cuerpo de Claudia quedará quemándose ahí, en medio de la nada.
En el auto revisan la cartera de Claudia, sacan las llaves de la sucursal de Polla Gol y 22 mil pesos que hay en la billetera los que se reparten en partes iguales. La billetera y el celular de Claudia los arrojan en el sector industrial.
Ya son cerca de las 11 de la noche y el plan original, que era robar la agencia de Polla Gol, no lo pueden concretar, ya que se les ha hecho tarde y Rivas, quien cumple reclusión nocturna en el Centro de Prisión Preventiva de Calama (CDP), tiene que volver. Además, para tener una coartada que se sustente, Roberto tiene que ir a buscar a Janette a la casa de su mamá.
Después de dejar a Rivas en la puerta del CDP, González se va en el taxi, momento en que Janette lo llama para saber dónde estaba. “Ya voy. En 15 minutos estoy en tu casa”, alcanza a decir Roberto antes de cortarle.
Roberto llega pasadas las 11 y media a la casa de Janette. “Llama a mi mamá y dile que me atrasé porque tuve que hacer una carrera especial hacia afuera a un familiar”, le dice Roberto. Janette entra a la casa, hace la llamada correspondiente, toma una chaqueta y sale, justo en el momento en que Roberto está limpiando el auto. Janette se sube en el asiento del copiloto y ve que hay una chaqueta, la intenta sacar, pero Roberto no la deja. “No la saques, un pasajero que llevé mojó con una botella de agua el asiento”. Janette se sienta, sin saber que lo húmedo del asiento es la orina de Claudia.
A la mañana siguiente Roberto pasa a buscar a Rivas al Centro de Prisión Preventiva. Tienen que terminar lo empezado.
Llegan a la rivera del rió Loa. El cuerpo calcinado de Claudia sigue ahí. Lo envuelven en una frazada y lo echan al maletero del taxi. Conducen hasta la laguna de Chiu Chiu pero al llegar ven que hay gente. Deciden seguir 50 kilómetros hasta el “Puente del Diablo”. Se bajan, sacan el cuerpo del auto y lo tiran quebrada abajo. El cuerpo cae 20 metros.
La Culpa
Ya hace días que no se sabe nada de Claudia. Todo Calama está tras sus pasos. La policía no tiene ninguna pista concreta. No saben si está viva o muerta. Tanto revuelo ha causado su desaparición que hasta un concejal fue a hablar con Investigaciones para que se dediquen exclusivamente a la búsqueda de la joven.
Alejandro Rivas está en el Centro de Prisión Preventiva. No soporta más la culpa. Tiene que decirle a alguien lo que sabe. Finalmente habla con Manuel Encina, un compañero de cárcel. Le cuenta todo. Le dice que a Claudia la mataron, pero que no fue él, sino que un hombre que también estaba esa noche en el taxi colectivo. Se supone que eso lo sabe porque Roberto González, compañero de trabajo en la línea de colectivos, le contó. Lo extraño es que sabe muchos detalles para alguien que se supone no estuvo ahí. Sabe que la quemaron en el río Loa y que después la lanzaron en el Puente del Diablo. Incluso que Claudia, cuando ya estaba sangrando se apoyó en la tubería de gas.
Esa misma noche Encina se contacta con la policía de Investigaciones. Al día siguiente el grupo investigativo va en busca de los dos sujetos, mientras recrean la misma ruta que hizo la noche anterior con Encina.
En la ribera del río Loa encuentran restos de pelo, ropa quemada y parte del colchón. También está la tubería de gas. En ella, una mancha de sangre: es una marca que dejó Claudia cuando se apoyó. Después se dirigen al Puente del Diablo. Con ayuda de bomberos bajan los 20 metros de la quebrada. Un buzo táctico se sumerge en las aguas del río. Al poco tiempo, al lado de unas rocas encuentran algo: es el cuerpo de Claudia. Increíblemente estuvo más de dos meses ahí, sin que la corriente se lo llevara. Está todo descompuesto y quemado. El cráneo aún tiene partes con piel.
Alrededor de las siete de la tarde vuelven a Calama. En el cuartel de Investigaciones ya están González y Rivas. Serán más de doce horas de interrogatorios, en donde los dos sujetos tratarán de contar su versión de los hechos, echándose la culpa mutuamente. Finalmente confiesan.
El Purgatorio
Alejandro Rivas y Roberto González son condenados a 20 años de presidio mayor en su grado máximo, como autores de homicidio calificado. Muchos dicen que es una maldición que cayó sobre los asesinos de Claudia. Lo cierto es que después del crimen, han ocurrido varios sucesos trágicos, en especial para el entorno de González.
El 5 de junio de 2002, un carro de Gendarmería que viajaba desde Calama hacia Tocopilla, llevando a Roberto González, chocó con un tren, provocándole lesiones graves. Once días después, la familia de Roberto viajaba para visitarlo a la cárcel, pero sufrieron un accidente en la carretera, donde falleció María Vera, de 45 años, madre de Roberto. Tiempo después de lo ocurrido murió de un ataque al corazón la abuela del imputado. Para terminar, a los pocos días, Roberto González intentó quitarse la vida, lo que no logró. Este hecho provocó que su padre sufriera un ataque al corazón, muriendo a la edad de 54 años.
No pudiendo aguantar la culpa y viendo que afuera casi toda su familia estaba muerta, el 17 de diciembre de 2008, Roberto se quitó la vida colgándose de una viga en su celda. Alejandro Rivas sigue hasta el día de hoy cumpliendo su condena en vida.
Relacionados

















9 comentarios
Cata dice:
Oct 31, 2011
Fuerteeeeeeeeeee !
Germán dice:
Oct 31, 2011
Brígido. Bien contado.
Nacha dice:
Oct 31, 2011
“degüellado”? xD
pepetaldo dice:
Nov 1, 2011
dónde?
DeaQuellos dice:
Nov 1, 2011
Aun me acuerdo de esta historia, mi colegio, el Lezaeta, como se le conoce allá está en avenida O’higgins, como a 2 cuadras de la agencia, más de alguna vez pasé por fuera de donde trabajaba. La ciudad estaba tapizada de carteles buscándola, era super angustiante, lo comparo con aquella vez que 25 reos se escaparon de la carcel de Calama, que está en pleno centro, la histeria era absoluta.
Excelente relato.
Camila dice:
Nov 2, 2011
Concha de su madre, ahora sí que no quiero salir de mi casa D:
Paola dice:
Nov 2, 2011
20 años no esta ni cerca de ser suficiente
JSBLUESXPLOSION dice:
Nov 3, 2011
terror…REAL..BRIGIDO..
Charlie dice:
Nov 9, 2011
De temerr… menudo relato!!!!! pa amenizar bronto cauros, acá os dejo al clon del pato pimienta en paseo ahumada hace casi dos meses.
http://charlanga.tumblr.com/ (foto del pato ajajaj)
http://charliestardust.blogspot.com/