Entre pistoleros locos, crisis educacionales, deudas insostenibles,  ministros ochenteros y tantos otros infortunios,  volvemos a las pistas con una desesperanzada columna.

En algún momento, alguna gente de Chile decidió que era hora de darle un impulso al país, encauzarlo en un rumbo ambicioso, auspicioso, promovido por una de las dos principales potencias políticas económicas y militares del mundo.

Sucedió de golpe, hace un buen tiempo, por allá en la década de los setentas. Y a modo de reformas profundas y planificaciones a gran escala, el país era reestructurado por completo.

Cambió su forma de hacer dinero, también cambió la forma de distribuirlo.

Cambió el tamaño de su patrimonio, redujo drásticamente sus terrenos a los que consideraba desaprovechados. Se los vendió a otros por buen precio para que los hicieran rendir de mejor forma. De alguna manera, indirecta que sea, eso nos podría traer réditos, al menos, a unos pocos.

Se deshizo de labores inútiles. Creyó que otras gentes pudieran administrarles mejor, cual padres que, llamados a disponer su fuerza en mejores y más altas tareas, relegan el cuidado de los hijos a los empleados.

Cambió la forma de elegir representantes, menos representativos, pero más conciliatorios. Así, sólo el bálsamo de lo perenne pudiera regocijarnos. Basta ya de ires y venires. Esta era la reforma, para que el futuro nadie más se tuviera que tomar la molestia de cambiar nada.

Pero esta gran revolución no estaba ideada sólo para reformar lo administrativo. Si bien, la hacienda era el objetivo máximo, había que busca una forma de que los cambios fuesen duraderos. Se supo allí que era necesario introducirse en lo más profundo de la Nación, en su propia idiosincrasia.

Rediseñó, entonces, por completo la forma en que se le enseñaba a su pueblo. Quiso comenzar desde los más pequeños en el jardín de infantes, en la educación primaria y secundaria, y por qué no, en los templos del conocimiento, las universidades.  Deshizo las grandes estructuras que instruían a los niños, jóvenes y adultos por considerarles torpes, y decidió ramificarles, subdividirles, relegarles a pequeños gobiernos variopintos, algunos más ricos, otros más pobres, tal como definen ellos y sus maestros la palabra libertad .

Exploró nuevos terrenos: se inmiscuyó en la prensa, la televisión, la radio y en el arte. Prohibió unas cosas y recomendó otras. Cerraba publicaciones que consideraba inconvenientes, desagradables o equivocadas, y se apoyaba en grandes periódicos de tiraje nacional. Quitaba rostros, artistas y personajes, promovía otros.  Quemó libros, extravió cintas, todo en pos de un nuevo bien común, la nación nueva.

Quiso también, cómo no, hilvanar todo esto con la cultura popular, las tradiciones y costumbres de su pueblo.  Hizo bailar cueca al altiplano, a los valles centrales y a los chilotes, con las ropas de los patrones de los fundos del sur y el centro. Nos hizo amar a una flor y una piedra que sólo algunos conocían.

Estuvo obligado a actuar directamente sobre personas que era un poco más difíciles de cambiar. A un par de miles, los hicieron callar para siempre,  a un par de decenas de miles, les hicieron callar por medio de argumentaciones físicas, sexuales o eléctricas. A muchos más aún, los mandaron al exterior para que continuaran con su obstinado oficio de persistir, pero en alguna otra parte.

Fue un proceso largo y  tedioso. Todo fue muy duro, muy oscuro. Fue como una intensa y resistida imposición. Sufría oposiciones, pugnas y presiones. Pero al final, casi en secreto, triunfaron, ellos, los que cambiaron el país.

Nunca plenamente aceptados, acusados por los medios en que se dieron e hicieron las cosas, los líderes de esta revolución se fueron, o al menos, renunciaron a ciertas atribuciones. Fue emotivo, pero menos dramático que la venida. Porque los que entraron de golpe, se marcharon amistosamente.  Se fueron por la puerta principal, con honores, sobre alfombra roja.

Las aguas, con los años, se comenzaron a calmar. El dios del tiempo agotó los debates, cansó las luchas, disolvió las posturas. Más allá de la obstinación de unos, que acusaban heridas abiertas y bombas de tiempo, la mayoría, quizá sin saberlo, comenzaba a mirar el mundo como le  habían enseñado, comenzó a aceptarlo como suyo.

Se sentía y se respiraba en el aire, por más que algunos se declararan férreos opositores, más o menos todos estaban de acuerdo en una cosa, que Chile era entonces un país mejor.

Viendo esto, quienes recibieron la obra de los antiguos líderes, se dedicaron simplemente a perfeccionar su labor. Corrigieron algunos desperfectos, intentaron algunos cambios, hicieron algunas reparaciones, pero la columna vertebral de la creación la mantuvieron, legitimaron y continuaron.

Parecía que a fuego lento, tanta inversión tuvo su resultado.  Los frutos parecían palpables en el sentir de todos. La gente de esta Nación cambiaba, se miraba y se gustaba. Se empezó a saber distinta. De pronto, se supo hasta mejor. Miraba a sus vecinos y se felicitaba por lo bien que habían elegido, o más bien, lo bien que otros habían elegido por ellos. Se sentían más seguros, más serios, más exitosos. Les daba pavor mirar como los demás se perdían en el caos, cómo los vecinos se mataban entre sí, como eran de bárbaros y desordenados, sin sistemas optimizados, sin instituciones serias, sin tecnología de punta, con costumbres sucias, con siniestros mandatarios, con huelgas, protestas, y tantos otros horrores.

Fue tal la impresión, que, si ya antes los mirábamos con desconfianza, ahora sentíamos que ya no podíamos juntarnos con ellos. Nos molestaba ser agrupados con los atrasados, los arcaicos, los peores. Nosotros aspirábamos a más. Merecíamos más.

Queríamos ser como los más grandes. Mirábamos y apuntábamos hacia el norte de nuestro continente, a la gran potencia, al gran aliado. Al símbolo de éxito máximo, la cima del planeta, el país del águila calva. Aunque, sin saberlo, nos costara también padecer sus problemas y enfermedades.

Y poco a poco, cómo no, nos íbamos pareciendo. Hasta nos llegamos a sentir como ellos: sentimos que ya éramos los mejores, lo más exitosos, los admirados. Habíamos comenzado esa senda hacía décadas y por fin ya veíamos su confirmación.

Se consolidaba lo que un día no era nada más que un sueño, una epopeya sin precedentes, el éxito total del gran cambio que sufrió nuestra Nación.

A todo este gran proceso, este gran cambio, esta enorme revolución, Milton Friedman lo llamó “El Milagro de Chile”. Uno de los padres del sistema que hoy impera en casi todo el mundo, el de las despreocupadas jornadas de trabajo en Silicon Valley y las de los niños mineros, el de los turistas de las playas de Cancún y los carteles de Ciudad Juárez, el de los Super Bowls y las cuevas explosivas de Afganistán, aquel sacerdote, lo bendijo. El mundo que imaginaba, nacía en nosotros.

Tan profundo caló ese milagro, que aún persiste. Vivimos a ese ritmo soñado por él. El ritmo de los descuentos fugaces, de la maratón ente bancos y casas comerciales, del contrarreloj de los fines de mes. A la luz de los aparatos tecnológicos.  Bajo la guía del conocimiento al alcance de los bolsillos de los libres y sus diferentes estados de libertad. Olvidando alegremente con la industria del entretenimiento las tediosas preguntas que solían hacerse los hombres de la antigüedad. Motivando a surgir como un Rockefeller a los Gitanos Rodríguez o invitándolos a ser un Da Vinci. Llamando a cada vez más capitales a encargarse de lo que nos cansaría a nosotros. A achicar lo que todavía nos sigue pareciendo demasiado grande...

Hoy, algo, sí, causa extrañeza. Entre mares de gente reclamando cosas, escuelas analfabetas, hospitales enfermos, oro invisible que se acaba, ríos que se ahogan, heridas abiertas y explosiones de bombas con fecha de hace décadas, a veces el milagro se ve difuso.

A veces, se llega a oler un punzante olor a podredumbre en el ambiente. A veces, incluso, llega a dar miedo. Pero como viene, desaparece de repente ¿Qué será?

Anteayer un loco mataba a gente porque sí, como sucediera en el país del norte ¿Será algún mal presagio? Yo pienso que es más feliz verle como una casualidad más que como un síntoma. Parte del anecdotario de un país libre. Voy a pensar que eso es así. Nada más que otro pequeño paréntesis en el gran proceso milagroso de nuestro país.

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