Le faltan más de cuatro años para llegar a la tercera edad, pero ya se siente vieja, y tiene lista su tumba, contigua a la de su amada madre, quien falleció hace casi una década. A continuación un retrato de un hombre con los tacos bien puestos.

Gladys y la Gillette

Pedro Lemebel perdió su largo cabello la misma noche que murió su madre. Fue en las primeras horas de un quitapenas que duraría tres meses. Pedro combatía  el dolor a punta de coca y copete. “Cuando llegó la Gladys (Marín) como a las cuatro de la mañana le dije, más jalado que el vocalista de los Sex Pistols: rápame”.

En el baño, Lemebel miraba a través del espejo como una tiritona Gladys intentaba podar con una gillette su grueso pelo, pero los temblores de la líder comunista causaron estragos en la cabeza del escritor: “Quedé entero tajeado, al día siguiente parecía un Frankenstein”, dice,  para luego compadecerse de la tarea que le encomendó a su amiga del alma. “Pobre Gladys, tiritaba de la pena de verme así”.

Después del desesperado corte de pelo, Pedro recuerda que arrojó “todas las plantas culiás pa abajo, a la chucha. Quedaron todas las weás desparramadas en la calle. Fue un momento de dolor inmenso- Pero la Gladys fue un siete, me acompañó siempre, fue una pena que nos hayamos conocido tan viejos”

Los tres meses que sucedieron a la muerte de su madre fueron de descontrol para el autor de “Zanjón de la Aguada”, quien confiesa haberse borrado completamente gracias a la cocaína, “me bloqueó todo el dolor (…) yo pase toda esa película de mi vida como en cine mudo”.

En el baño de Lemebel, donde ocurrió lo que el denomina una performance, no hay vestigios de aquella noche, aunque en el lavabo hay un florero con rosas rojas, quizás recordando que algo más que la melena de Lemebel pasó a mejor vida en ese lugar. “Cuando se murió mi mamita, la mitad mía también se fue con ella”

Una Cueca Sobre Vidrios Rotos

Durante la dictadura, Lemebel junto con Francisco Casas formó el colectivo de arte “Las Yeguas del Apocalipsis” y desde esa plataforma ejerció una resistencia sistemática al régimen de Pinochet.

Las Yeguas son recordadas principalmente por las audaces performances que realizaron a lo largo de Chile, una de ellas, llamada “Cueca” retrata fielmente la esencia del ahora extinto colectivo.

“Cueca” se montó en diversos lugares, a veces de manera bastante espontánea, debido a la urgencia y al carácter impetuoso de esta. La obra consistía en Pedro y Francisco, bailando una cueca solos, en homenaje a los detenidos desaparecidos. El baile lo hacían descalzos sobre un mapa de Latinoamérica cubierto de vidrios rotos, dejando huellas de sangre que buscaban representar la estampa sangrienta de la dictadura en Chile, “de alguna manera tratábamos de despertar a la gente, que en ese periodo estaba como adormecida”, expresa Pedro.

Las Yeguas se extinguieron cuando la dictadura se desvaneció, realizando solo esporádicas performances con la llegada de Aylwin al poder. En una de ellas, llegó cabalgando desnudo junto a Francisco Casas a un acto en que el mandatario participaba que culminó con los dos arrojados fuera del recinto y con una furiosa Mariana Aylwin gritando “¡No puedo creer que le hagan esto a mi padre!”


La Sublimidad del Copete

Contactar a Pedro no es para nada difícil, pero ser recibido es, lamentablemente, otra historia, pues su disposición la comanda su estado de ánimo, y al parecer el periodo invernal lo tiene sumido en un clima parcialmente nublado.

Antes de varios intentos fallidos, por fin logro una cita con el autor, aunque advierte que “estoy con poco ánimo, así que máximo una hora”, finalmente la visita se extiende por cerca de tres horas.

Al tocar la puerta de su departamento de la calle Santo Domingo se cuela el rumor de unos pies que se arrastran, sucedidos por el ruido de diversos seguros que se abren, para finalmente revelar, tras el umbral, a un Pedro Lemebel que entumido se soba las manos mientras se desliza por el pequeño pasillo que da a una breve sala calefaccionada, en donde por fin se tempera y saluda.

Luego de un par de minutos, Pedro me envía a comprar un par de cervezas “para que la entrevista sea mas chora”, explica. En la puerta nuevamente, le hago notar la cantidad de pestillos que lo resguardan, a lo que responde seductoramente “¿acaso no debería protegerme?”.

En la vida sexual de Lemebel se originan muchas de sus crónicas, y este departamento ha sido depositario de incontables amores pasajeros, así que de alguna manera estamos en el epicentro creativo del escritor.

Al regresar con el encargo, Pedro tiene ya todo preparado, en una mesa de mimbre hay dos vasos con varias gotas de agua, lo que indica que fueron recientemente sometidos a un lavado, y también hay un cenicero que deberá ser vaciado por lo menos dos veces en todo el encuentro, pues ambos somos fumadores empedernidos.

El artista enciende una cola de marihuana, el último vestigio de un pito que seguramente fumó en la mañana, ya que sus ojos están achinados y sus palabras arrancan algo torpes de su boca, más tarde, las cervezas también harán su efecto y Lemebel estará feliz, ya que ama “la embriaguez del alcohol, más que cualquier otra droga, más que el sexo, creo que es sublime.”

Guerrillero de la Palabra

De pronto algo hace clic dentro del autor, y se levanta ágilmente de su silla a anotar algunas ideas en un pizarrón que está sobre una mesa, “aquí es donde anoto todas mis ideas” dice, pero su caligrafía es completamente hermética, por lo que no distingo nada de lo que escribe.

Incluso cuando habla de su homosexualidad, lo hace manteniendo cierta perspectiva y haciendo una sorpresiva declaración, “en este largo camino de la sexualidad, yo no veo la homosexualidad como una definición tan clara, no sé qué me espera en la vida, quizás tenga una mujer y hartos hijos como los de la UDI, ¿me entiendes?, yo no estoy tan seguro con el discurso de la homosexualidad”.

Afirma, eso sí, que ve poco factible el tema de los hijos “ya que nunca me gustó jugar a las muñecas, me gustaba a mi ser la muñeca” y asegura, a propósito de una mujer que asevera ser su ex polola, que esta nueva mentalidad la tiene “ahora de vieja”, y que nunca ha tenido una relación con una mujer, “más allá de lo platónico”.

“Mira, yo lucho constantemente contra todo lo establecido, pretendo salirme de los márgenes y siempre reinventarme, y ahora es todo tan aburrido, hasta las peores cosas que se pueden decir o hacer, están de alguna manera dentro del stablishment, yo busco algo nuevo, una nueva lucha, ser un guerrillero de la palabra, ¿esa es una idea bonita, no crees?” Lemebel se levanta nuevamente, esta vez más agitado por su discurso, y escribe en la pizarra, pero a diferencia de la ultima vez,  ahora sí sé lo que escribirá.

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