terremoto

La madrugada del sábado se cayeron más cosas que las casas. Vidas acabaron y planes quedaron truncados. Como un iracundo recordatorio de que vivimos de allegados en un planeta vivo, nuestra existencia ahora se redujo,  los que tenemos luz e internet, a inyectarnos imagen tras imagen de la tragedia.  Pero ahora que nos enteramos del destino de amigos y seres queridos, ¿qué viene ahora?

En Santiago no pasó nada. Claro, todos tenemos historias horribles con el terremoto y la gente que se acuerda dicen que el del ’85 fue un temblorcito. Pero la destrucción no es comparable con las regiones del Maule y Bio Bio. Calles de principio a fin ahora son montañas de ladrillos desgarrados, edificios construidos por empresas que se metieron en la raja los estándares antisísmicos  yacen desplomados, y pueblos enteros fueron demolidos primero y ahogados después.

Y la naturaleza humana no se hizo esperar. Flaites robándose radios, mayonesa y zapatillas lucieron sus mejores explicaciones en la televisión nacional. “Es que está todo cerrado y hay que abastecerse”, dijo a CHV un tipo que se llevaba un six pack de cervezas en su carrito robado. Pueden alegar que Lider es una empresa de mierda, pero otra cosa es ser parte de una turba ladrona. Pero no deja de ser algo anécdotico entre la muerte de cientos.

En Santiago, la paranoia hace fila en todos los locales comerciales abiertos. Filas para cargar bencina, supermercados rebosantes de gente que compraba carne como si no hubieran comido en dos semanas. La realidad es que Santiago, a excepción de derrumbes puntuales, luce la cara más amable de este terremoto, pero eso no es impedimento para los santiaguinos, que todo lo exageran.

Las calles de la capital, en su mayoría, lucen normales, excepto por la cara de la gente, que luce una angustia provocada por quizás quien sabe qué. ¿Ahora qué? Tranquilizarse.

Tranquilizarse, si lo peor ya pasó. Lo único que nos puede devolver la tranquilidad es volver a hacer nuestra rutina, dentro de lo posible. El mundo no se va a acabar, y dónde parecía que iba a hacerlo, ya acabó. Lo destruido, destruido está. Debemos acostumbrarnos a dormir entre réplicas, a levantarse de la silla cuando sintamos que el remezón es más fuerte y ayudar, desde la trinchera que podamos, a las miles de personas que resultaron damnificadas en este terremoto con algo más que la falta de palta para el desayuno.