bombonerarss

Debería ganarme el Premio William Wallace para el acto más estúpidamente temerario: fui a ver a Boca, en el legendario estadio La Bombonera, siendo chileno, y para rematarla, a la galería del equipo visitante.

Domingo 08 de Nov

Estaba yo en los brazos de Morfeo, mi mejor amigo, que me ha llegado a raptar por 12 horas seguidas (con la consiguiente preocupación de mis cercanos), cuando, de pronto, irrumpe en mi pieza lo que yo consideré en ese momento como un monstruo abominable y aterrador. Era una bestia asquerosa de 3 metros y 15 tentáculos que escupía fuego y emitía frecuencias inaudibles que se introducían en mi cerebro y lo estrujaban. Además, poseía una peluca de color castaño claro, detalle que hacía de la imagen algo tan siniestro que ni el mismísimo Dante podría evocar algo similar en su prosa poética.

No pasó mucho tiempo para que me diera cuenta de que, en realidad, el monstruo no era tal sino que era una persona que podía identificar como un compañero de casa, pero que, debido a los efectos del hachazo, se había vuelto irreconocible. Los sonidos que descomponían mi cabeza, de pronto, se transformaron en palabras que decían: “¡Weón, ya, despierta! ¿¿¿querí ir a la Bombonera a ver a Boca contra Colón??? ¡Tengo dos entradas! ¡Vamos weon!, ¡vamos!.

“Aaaaaaaaaarggg, cállate chubi de mierdaaaaa”. Eso pensé (el supuesto monstruo se llama Chubert, o Chuberto, en español. Es un destacado compositor romántico austríaco). Pero al cabo de unos segundos razoné como el más sabio de los sabios y me dije para mis adentros: “pero que oferta más tentadora… la tomaré”

Listo. Dormí dos horas más y desperté como un hombre nuevo, completamente preparado para ir a al estadio a ver al pulento de Gary Medel (o Médel, como lo llaman los argentos) vistiendo los colores xeneises.

ouuu gary

Gary, el hombre-pitbull

18:21 horas:

Chuleta mental: ya que las entradas habían sido entregadas por una persona afiliada al cuadro de Colón de Santa Fe, nos dimos cuenta de que asistiríamos a las gradas del equipo visitante. Si ya era un tema el ir a la Bombonera, que no digamos que es el lugar mas cuico del mundo, contábamos con el agravante de que seríamos visita. Además, tendría que gritar un eventual gol de Colón de manera ultra falsa y callarme los “ouuu Gary” que ansiaba chillar.

Me junté con Chuberto (que había salido un rato antes) en Avenida de Mayo con Lima para tomar el 8 que llega a La Boca. Yo estaba un poco cagado de miedo, pero cuando nos juntamos, Chubi me agarró en sus brazos y me subió al colectivo (micro).

18:57 horas:

El maldito colectivo llega a su terminal y el chofer nos dice “Caminen ocho cuadras a la derecha y llegan”. El sitio era una real porquería, era un estacionamiento debajo de una autopista otorgada por la gobernación para que los violadores puedan realizar su oficio. Más allá estaba la República de La Boca. En un día de partido, La Boca es CUÁ-TI-CA. No es un barrio con muchos hinchas de Boca, sino que es una real extensión de la galería donde se pone La 12, la barra de Boca. Las ocho cuadras, como era de esperarse, se hicieron interminables.

Cuando llegamos al estadio, preguntamos muy bajito a policías y quiosqueros: “¿Dónde está la entrada 5b?”. “¿HINCHAS DE COLÓN?”, respondían ultra fuerte los muy pelotudos. “Sí”, le dijimos. “Dos cuadras por esta misma calle y tres a la derecha”

No sé cuántas caminamos en verdad, pero fue mucho más que eso. Finalmente, encontramos un callejón custodiado por un policía que servía de entrada para el elenco visitante.

La 12

La 12

19:15

Luego de tres controles policiales, con sus respectivas tocaciones indecorosas por parte de los uniformados, más un test de alcoholemia, tres revisiones de entrada, tres perros brígidos ladrándonos a todo rabiar, y 4 monos-guardia exigiendo “la entrada en la mano”, conseguimos entrar al estadio. Al llegar a la galería, la imagen fue impactante: un estadio espectacularmente la raja, con una forma muy particular y miles de hinchas de Boca con bombos que ejecutaban ritmo de murga. La zorra, simplemente la zorra. Todo lo que dicen de ese estadio es cierto, es una experiencia cuática. Aunque fuera un partido quizá menor (igual era importante por la distribución de la tabla, pero Colón no es precisamente un grande del fútbol), el estadio estaba casi lleno y vibraba entero con los saltos de la hinchada. Lamentablemente, los hinchas del visitante eran pocazos, así que no podíamos emular los saltos y gritos de la afición local.

20:15

Comienza el partido. Desde la espectacular visión de la cacha, distingo a mi Némesis: Martín Palermo. Un odio acérrimo me otorgó un zoom de águila para distinguirlo. El hombre es todo lo contrario a mí: rubio, atlético, goleador y poseedor de una suerte de la remilputa.  El rey del gol de hombro, cadera, torso y, su gran virtud, cabeza. Es tan tieso como todos lo sabemos, pero hay que destacar que a lo largo de su carrera la hizo, y la hizo bonita y se merece el legado que tiene. “¡Sos un muerto, Palermo!”, “Burro, sos un Burro, Palermo” gritaba la afición santafesina. Todo un caso.

Más allá, encontré lo que más me interesaba vislumbrar: los botines rojos del perro de caza Gary y su incompresible furia contra cualquier otro ser humano que no sea él mismo.

El partido estaba entretenido, cualquiera de los dos equipos podía haber abierto el marcador. Gary se lucía pegando manotazos en el área en todos los centros de Boca. Al minuto 11 se ganó la amarilla por una entrada espectacular e innecesariamente violenta. Me produjo mucha risa. Pero estaba jugando bien. Las puteadas argentinas eran la zorra, “¡Ese pibe no pone huevos!”, “¡Andá Bichi y la concha de tu hermana!” “Sos un delicuente, árbitro de mierda”, “¡fúl (foul), pelotudo, sacá tarjeta, pedazo de gato!”

martín y mi odio/envidia

martín y mi odio/envidia

Al culminar el primer tiempo 0 a 0, me lamenté por no haber traído la cámara digital que no tengo, pero era evidente que esa había sido la mejor decisión. El entorno era tan cumajer, que habría sido calzado por cualquier boquense pasturri.

El segundo tiempo fue todo de Boca, Colón se fue brigidamente al empate, pero Gary comenzó a destacar, tanto así, que en los minutos finales, cada vez que agarraba la pelota ¡lo aplaudían! Nunca me sentí más chileno en mi vida, jajaja. Ahora me avergüenzo profundamente.

El encuentro terminó con el tablero en blanco, una lata, porque quería vivirs la experienshia del gols en la Bombonera. Pero igual, fue la zorra, partido entrete y situación la raja.  Una vez lanzado el pitido inicial, salimos rajados.

22:55

Weon, que odisea salir del estadio. Como salimos con los de Colón, un grupo de mamarrachos enfermos de cumas nos gritaban “a esos, vamos adonde esos” y también “No existís Colón, no existís” en un claro acento flaiturri aryentain. Chuberto y yo, caminamos raudos, disimulando la estela de orines que escurrían por nuestros pantalones.

En el paradero, la gente estaba más urgida que la mierda. Al principio éramos como 30, pero a medida que pasaba el tiempo pero no pasaba el colectivo, de a poco empezaron a apretar cachete caminando ultra rápido o tomando taxis, desesperados. Se sabía que pronto saldrían todos los de Boca y que estaríamos refritos. Finalmente tuvimos que correr a una micro que se desviaba de su recorrido habitual, si no, yo cacho que no vuelvo no más. Y no es chiste.

En la micro se subieron unos weones asquerosos que simulaban ser hinchas de River pa que alguien pisara el palito y le sacaran la chucha, porque en verdad eran los weones más hinchas de Boca del universo. Uno de ellos le puso insistentemente el trasero en su cara a Chuberto, pero, jajaja, tuvo que morir piola no mas. Era un trasero asqueroso en tu cara o 74 balazos repartidos entre la axila izquierda, la clavícula derecha y el perineo. Optó por la primera opción

Finalmente, llegamos a casa, sanos y salvos, más felices que nunca, y por fin, ya lejos de los peligros futboleros, grité el ¡¡¡oooouuu Gary!!! que había contenido por largas horas.

pichanga boquense

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