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¿Puede ser que un acontecimiento espectacular, insospechado e inocentemente gestado por parte del autor, haya abierto un punto infinitamente potente en un recital de reggaeton?
Advertencia: esto es largo, aburrido y medio denso. No digan que no avisé.

Un comentario bastante común que se escucha entre quienes critican ciertas vertientes del hip-hop es el que expresa el repudio por la cultura “bling-bling”. Existen también algunos “puristas” o neoconservadores urbanos que dicen que esto no pertenece al hip-hop, ya que éste es un movimiento que nació en la calle, fuera de todo lujo y como forma de protesta.
A mi no me gusta la música de protesta, creo que es bastante aburrida, pero creo que dentro de ella se han colado algunos músicos y músicas que para mí provienen de otra vertiente, y que es la que a mi sí me gusta: la música de grietas, de movimiento. Una música que genera movimiento (valga el pleonasmo), ciertas invocaciones, pequeños espacios, rasgaduras en el espacio por las cuales entra la mismísima luz divina, la luz del cosmos, del caos, como lo es la música de Bob Dylan o Violeta Parra.
El asunto es que el “bling-bling”, lo que señalan como lo peor del hip-hop, los autos lujosos, los diamantes, las ninfómanas voluptuosas; todo eso, junto y revuelto, le fue heredado a los ritmos candentes nacientes: los tambores del reggaeton. El ritmo que llegó para quedarse en Chile y que cada vez se escucha más aquí en Argentina, una música acusada de llevarnos a la decadencia total artística e intelectual, aunque muchos de los que piensan eso igual lo bailen pegadito con la chiquill@ de al frente (aunque para mi, eso no recae en ninguna contradicción, de hecho, ¡esos son los copados!).
Muchos cambiaron su percepción frente al fenómeno con el milagroso ingreso a la escena bailable de Calle 13. Tengo muchas cosas que decir al respecto, pero me las guardaré para otro día.
Daddy Yankee, el famoso cantante puertorriqueño, debe ser el mayor exponente de los pulsos chacaloneros del reggaeton, y es casi el mesías del bling-bling en latinoamérica. Sus videoclips y su imagen están colmadas de diamantes y perras y esas cosas. Hay gente que incluso va más lejos y llega a decir que este personaje representa todos los vicios del capitalismo, todas sus enfermedades. Yo me uno a ese grupo, y es por eso mismo que lo encuentro valiosísimo, aunque suene medio raro.
En la última versión del Festival Internacional de la Canción de Viña del Mar (si ya se que pasó hace un tiempo, pero para lo que pretendo decir no es muy importante la fecha) Daddy Yankee, el Big Boss como él mismo se hace llamar, ofreció un show íntegramente compuesto por canciones del estilo que sacude las caderas de toda América.
En aquella presentación, el cantante y compositor centroamericano tocó todos sus éxitos bailables para una afición perturbadoramente devota.
Bueno, esto usualmente no me importaría mucho, digo, ¿a quién le interesa el festival de Viña? Pero resulta que yo vi completito su show (sí, debo reconocerlo) porque estaba esperando “Pose” que es meeega bueeena weonnn y “Llamado de Emergencia” que es grosa. Sí, Daddy Yankee es un pedazo de mierda, es cierto, pero tiene unas canciones muy buenas y que todos bailan, reconózcanlo!
Ya, quizás estoy solo en esto, je, no importa. Lo que si importa es que ocurrió un evento muy interesante que, para mí, alcanzó un nivel insospechado, tanto así que lo llamaría una VERDADERA OBRA DE ARTE.
Cuando tocaba la canción “Machete”, Daddy Yankee interrumpió su presentación para iniciar una especie de juego con el público. La cuestión consistía en que todas las personas, tanto las de la galería como las de la platea, debían sacar sus celulares, ponerlos en alto y hacer que éstos se iluminaran mientras emulaban el movimiento de un machete cortando, por ejemplo, la cabeza de un gatito. No, espera, eso es triste. Mejor, la mano de un ladrón. Esa esta mejor, ¿no? Y aparte, coyuntural, habiendo tanta gente clamando por el reestablecimiento del Código de Hammurabi en tierras sudacas.
La idea era la siguiente: primero todos encendían sus celulares y aplicaban “machetazos” al aire. Luego los de la platea a los de la galería y viceversa., en una especie de batalla campal en la que el mismísimo William Wallace habría quedado anonadado. La imagen, hay que admitirlo, era abrumadora, poseía una belleza excepcional, pero a la vez, perturbadora, digo, ¡¡¡eran unos celulares!!! El tipo escogió (todo esto yo creo que no lo hizo a conciencia, claro, pero eso es lo mas entretenido) al celular, casi un emblema del mundo globalizado, la herramienta mas elemental de este incipiente siglo XXI, de nuestra generación, esa misma que tiene baterías de cadmio, y coltán y niobio, los minerales que desataron la guerra y el genocidio del congo por parte de las compañías telefónicas; escogió este aparato para hacer algo hermoso para la vista y profundamente complejo para la cabeza. Luego fue mas lejos, le dijo al publico que hiciera lo mismo pero con cámaras fotográficas digitales y…¡¡¡casi todos tenían una!!! (dios mío como cambian los tiempos). Y el colmo fue que el espectáculo era doblemente hermoso, ¡un bling-bling metafísico galáctico!
Esta imagen me afectó profundamente. He aquí mi explicación.
Cuando se dice que es necesario formar una contracultura frente a lo que nos parece incorrecto o salvaje, o cuando no se dice sino que simplemente se hace (que es mucho mejor) creo que se cae en una ilusión de movimiento. En el fondo se está respondiendo a algo y estoy completamente seguro de que esa respuesta es lo que hace funcionar al mal con el que se quiere acabar. Eso nos hace proferir palabras tales como “resistir” y “combatir”, dos cosas que nos han hecho demasiado daño a estas alturas.
Sin embargo hay quienes han tomado una dirección completamente diferente, hundirse al máximo en lo que impera, tocar fondo y ocupar los mismos objetos que ocupa el sistema para provocar exactamente lo contrario. Una cosa rarísima y media confusa. No estoy diciendo esa porquería de “combatir el sistema desde adentro”, es algo mas profundo. Es como sumergirse en el presente. De todas formas, ¿que sentido tiene andar fantaseando con mundos posibles, si lo que criticamos es lo que ESTÁ PASANDO por mucho que no nos guste o que no es lo que nos hace sentir bien?. Es lo que pasa, es innegable, así funcionan las cosas, por lo menos por ahora.
Y la gente que hace eso con un propósito es para mi brillante, son poquísimos y se ganan el repudio de la izquierda a la que solían representar. Sino es cosa de ver a SFDK. Todos los amaban y ahora todos los odian. Pero hicieron algo, una cosa bien curiosa. O Kafka. Aunque este último tiene mas aristas.
Cuando esto pasa con gente que no tiene un propósito claro, que más bien entró a la escena con ganas de triunfar en todo aquello que el imaginario del libre mercado ofrece, es aun más curioso y divertido, quizás menos potente, no lo sé, todavía no he visto a alguien que haya lo que mencioné anteriormente a cabalidad, pero es tremendamente valioso.
Para mí el espectáculo con los aparatos tecnológicos de Daddy Yankee fue como un cometa de diamantes, un tótem implacable del libre mercado que contradictoriamente (al menos en teoría) abría una grieta enorme y profunda. Una imagen cargada de destellos de lo peor de nuestros tiempos señalando que todo eso, e incluso mas, no pueden ocultar eso otro, que es mas grande, que no puede ocultarse. Era como si por un costado se colara esa luz que dice que el mundo es más grande e inabarcable, indestructible, que no depende de las personas ni de los sistemas humanos. Estos destellos de luz aparecen cuando pensábamos que estaban completamente apagados por la sombra de nuestros errores o monstruosidades.
Era para mí, un escenario completamente negro del capitalismo, no era en si anticapitalista, era un hijo maldito que lo llevo a un extremo y nos mostró sus límites, lo develó insostenible, pequeño. Increíble, sencillamente increíble. Y el hecho de que probablemente esto no lo hayan pensado muchas personas, no le quita importancia. Lo importante es que pasó y habrá pasado para siempre.
Es esto lo que me hace creer cosas como que, el calentamiento global no acabará con el mundo, ni ningún otro terror creado por los humanos.
Las cosas se mueven y funcionan a un nivel en el que ni la más potente bomba de hidrógeno puede interceder.
Y bueno eso es lo valioso de Daddy Yankee, no se avergüenza de su monstruosidad, aunque no sepa lo que eso significa ni lo que implica (y me consta), y por eso es aún más importante que Calle 13 que si bien tiene eso que es muy cuestionable, una “mayor calidad artística y musical”, esta nos mantiene en el mismo lugar en el que estábamos, pero un poco mejor, mientras que Daddy Yankee nos lleva a un terreno brutal e insospechado, completamente salvaje.